jueves, 9 de febrero de 2012

"MANUEL, UN MACHADO NADA MENOR", ARTÍCULO DE JOSÉ L. CAMPAL, EN CONMEMORACIÓN DEL CENTENARIO DE LA APARICIÓN DEL LIBRO "CANTE HONDO" (1912)

(Artículo exclusivo para el blog Las mil caras de mi ciudad)

Manuel, un Machado nada menor


El sevillano Manuel Machado (1874-1947) sufrió el infortunio de dedicarse a la literatura y tener por hermano, para peor mala suerte, a un gigante del siglo XX como Antonio Machado, con quien, fuera del género poético, escribió a cuatro manos un buen puñado de piezas teatrales: Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel (1926), Don Juan de Mañara (1927), Las adelfas (1928), El hombre que murió en la guerra (¿1928?), La Lola se va a los puertos (1929), La prima Fernanda (1931) y La duquesa de Benamejí (1932). Antonio no sobrevivió a la guerra civil, mientras que Manuel hubo de someterse a las directrices del bando nacional, pues el golpe de Estado le sorprendió, enfermo y desencantado, en Burgos y no quiso complicarse la existencia ni jugarse el pellejo. Sin embargo, eso le estigmatizó y le orilló. A Antonio le canonizaron como indiscutido maestro y a él le reservaron un puestito de monaguillo. No obstante, esta trivialización no aguanta la prueba del siete, es un sarampión ilusorio que se cura con la lectura. Además, en su época el literato que paladeaba las mieles del éxito era Manuel, no Antonio; se referían a Manuel como «el mayor de los Machado», no como «el hermano de Antonio», que sería moneda corriente después.
En 1912 –año infausto para el hermano menor, al morírsele su esposa, Leonor– tanto Manuel como Antonio publicaron dos libros memorables. Si a finales de abril, la editorial Renacimiento sacaba de Antonio Machado Campos de Castilla, obra mítica del dolorido sentir noventayochista, unos meses antes (el lunes 5 de febrero de 1912 El Liberal anunciaba que acababa de ver la luz) Manuel Machado ofrecía Cante hondo, del que Andrés Trapiello afirmó en 1997 que se vendieron «mil ejemplares el día en que fue puesto a la venta».
Hijo de un adelantado de la investigación folclorista llamado Antonio Machado Álvarez, Manuel Machado colocó al frente de su libro –que, lo que son las cosas, sería arrinconado, dos décadas más tarde, cuando Lorca publique su Poema del cante jondo, convirtiéndose en el abanderado de esta especialidad– el oportuno y aclaratorio subtítulo de Cantares, canciones y coplas compuestas al estilo popular de Andalucía.
Ansiaba el mayor de los Machado concebir una poesía alejada de las élites culturalistas, empapada de palpitaciones humanas, dotada de ligazón ancestral, vinculada y comprometida de pies a cabeza con la sinceridad verbal de las emociones del pueblo llano, pero sin por ello desatender el rigor de estilo que como autor de ganado prestigio ya lucía y deseaba defender. Que Manuel Machado iba muy bien encaminado en sus pretensiones de enaltecer la métrica flamenca lo demuestra el que muchas de las composiciones (seguiriyas, tonás, soleares, serranas, cañas, malagueñas, livianas) de Cante hondo fueron asumidas por los cantaores, dada su espontaneidad expresiva, como procedentes del acervo popular. En un artículo de marzo de 2010, Juan Vergillos escribió en Diario de Sevilla lo siguiente, harto clarividente: «En la ristra de soleares hay al menos ocho coplas que han pasado con toda naturalidad al repertorio flamenco sin que sus intérpretes tengan conciencia de su autoría. (...) En otros casos, como en el capítulo de “Malagueñas”, vemos que algunas coplas han pasado a ser populares por otros estilos, así “La naranja y el azahar”, popularizada por Morente por tangos, o el propio Paco de Lucía y sus “Cositas buenas” que procede de este libro, aunque tal vez ni el propio Paco de Lucía lo sepa, puesto que no lo acredita. (...) Del capítulo “Soleariyas” anotamos una letra, “Ay, perdonadme por Dios”, cantada por Morente en algún recital, aunque aún no la ha registrado en disco. De “La ausencia” también anotamos un fragmento cantado por Morente en el disco Niño Josele, del tocaor almeriense. De las “Tonás y livianas”, Camarón usó una de las coplas en la introducción de la bulería “Na es eterno”, de nuevo sin acreditar».
Como recordatorio del gran literato que fue y seguirá siendo Manuel Machado, recojo de ese libro un vivaracho poema de asunto amoroso titulado “El querer”, resistente a los embates de modas y tendencias que se han sucedido a lo largo del último siglo:

En tu boca roja y fresca
beso, y mi sed no se apaga:
que en cada beso quisiera
beber entera tu alma.

Me he enamorado de ti;
y es enfermedad tan mala,
que ni la muerte la cura,
según dicen los que aman.

Loco me pongo, si escucho
el ruido de tu falda;
y el contacto de tu mano
me da la vida y me mata.

Yo quisiera ser el aire
que toda entera te abraza;
yo quisiera ser la sangre
que corre por tus entrañas.

Son las líneas de tu cuerpo
el modelo de mis ansias,
el camino de mis besos
y el imán de mis miradas.

Siento, al ceñir tu cintura,
una duda que me mata:
que quisiera, en un abrazo,
todo tu cuerpo y tu alma.

Estoy enfermo de ti;
de curar no hay esperanza:
que, en la sed de este amor loco,
tú eres mi sed y mi agua.

¡Maldita sea la hora
en que penetré en tu casa,
en que vi tus ojos negros
y besé tus labios grana!

¡Maldita sea la sed,
y maldita sea el agua!...
¡Maldito sea el veneno
que envenena y que no mata!

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