miércoles, 19 de enero de 2011

EL RASTRO DE INVIERNO, artículo de José Marcelino García


DOMINGOS POR EL RASTRO
Cada uno con su vagar, dando el gran rodeo de costumbre, llega al Rastro en la mañana inverniza de domingo. Aquí, en este reducto de humedades y pisadas, a ras del suelo, están los residuos oscuros de todos los inviernos: todo el sobrante hogar de nuestra vida con su polvo, su fracaso y su abandono: libros, sillas, cuadros, tazones, bicicletas con herrumbre, chaquetas que fueron quedando por los respaldos, tiestos con sólo tierra, y la eneas de las terrazas con soles de cerveza vividos bajo los cielos de agosto. Todo aquello de nuestra casa con lo que fuimos cuajando la vida y por donde anduvimos desnudos, llenos de juventud, moviéndonos por entre sus límites de adentro, entre la quietud de sus cuadros, sus colores y manchas; protegiéndonos, en los días de música y llaga, en los trasfondos de su intimidad.
Es sueño la vida. Y va pasando a quedar reducida a una mesilla de noche con aspirinas, a un reducto desde donde vemos ese carretón cargado que se aleja con nuestros abriles marchitos; a un último andar, de periplo en periplo, pulsando las notas del gemido. La lengua, la piel, los párpados, el sexo, están ya en trance de ser cualquier vaguedad, y vienes a buscar al Rastro las cosas de las que te fuiste despegando, las que desmontaste en esa mudanza continua y perdurable que es la vida. Las quieres cuando ya no las necesitas, cuando no te hacen ninguna falta, y las compras, como siempre, a través del grosero trato del dinero. Deben de ser cosas de la personalidad que va siendo desarmada y se acerca a perderse cada domingo por esta laguna, a veces con niebla posada, que nos hace madrugar igual que las gaviotas, a pasear como ancianos de asilo por entre estos pasillos llenos de paralelas humanas y restos de cosas sobrevivientes.
Cada uno tiene su alcohol, y con la edad se va haciendo voyeur de calles, de zanjas, de parques, de Rastros. Un espectador que va siendo (para él) un malentendido, y vuelve a las historias, a los cuentos, a ser coleccionista de plaza mayor. Siempre ha sido así. Por eso, algunos, cruzamos cada domingo este puente sobre el Piles camino del Rastro en busca de nuestras botas de niño, de los pájaros de nuestros mayos, de los vidrios, platos y cucharas de cuando padre y madre; todo este estofado de trastos, en almoneda.


(Publicado en el diario El Comercio de Gijón)

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