miércoles, 26 de abril de 2017

ESCRITURA DE ANGEL AZNAREZ CON MOTIVO DE LA MUERTE DE SU AMIGO EL SACERDOTE DON LUIS LEGASPI, A LOS 93 AÑOS EN OVIEDO

DON LUIS, YA EN EL PARAISO O EN EL JARDIN
Foto de don Luis realizada por Aznárez hace unos meses
El fin de semana último se supo lo definitivo: que don Luis Legaspi, clérigo, no iba a subir ni bajar -nunca más- las empinadas escaleras hasta el tercer piso de la casa en la que vivía, célibe, sin ama, frente al Palacio de Justicia, en Oviedo. Él, desde su piso, lleno de banderines y estampitas del Domund “de antes o de los chinitos”, y yo, desde mi habitación palaciega o celda de Justicia, más abajo, con rejas como de monja de clausura o clausurada, nos saludábamos por las mañanas.
Un francés célebre escribió la verdad: “mi patria es mi infancia”. Efectivamente, y siento confesarlo en una ciudad tan patriótica y heroica como Oviedo: mi única patria es también mi infancia; sobre ella giro continuamente sin resignación o derrota posible. Entonces conocí a don Luis, que ejercía el curato auxiliar en la Iglesia de San Isidoro, aquí en Oviedo; la Iglesia más jesuítica de la ciudad, que dispone hasta de reliquia y relicario del Santo (S.J.) Francisco Javier Aznárez, que así se apellidaba el tal San. En esa Iglesia, en su pila bautismal, me acristianaron.
Pues bien, en esa Iglesia, a finales de los años cincuenta -como si fuesen insuficientes los de los atolondrados Hermanos Maristas de la calle Santa Susana- me obligaban a rezar rosarios, a cantar el eucarístico Tantum Ergo Sacramentum y escuchar los sermones desde el púlpito de la izquierda, adornado con una paloma. Todo eso ocurría al atardecer y el gran oficiante era don Luis Legaspi, un don Luis especialmente activo el Viernes Santo en la Procesión del Santo Entierro, presidida por el Arzobispo Lauzurica, siempre vestido con traje de luces a base de morados y rosas, y con bonete de tricornio, saliendo de la llamada entonces Plaza del Ayuntamiento, con parada de tranvía destino a Lugones, y entrada en la calle Magdalena.
"Un rincón de la biblioteca de don Luis Legaspi"
De aquel tiempo y circunstancias viene mi admiración y cariño, profundos, a don Luis, habiéndome sorprendido –lo más importante- su gran bondad y –lo menos importante- su gran cultura. Estos años últimos he mantenido muchos contactos con don Luis; unas veces bajaba a visitarme y otras veces subía a verle. Siempre se negó a que le acompañara a la tienda de ultramarinos, del barrio catedralicio, a comprar los ingredientes para sus solitarios menús  –no lo considero procedente- me repetía. Y yo que estoy acostumbrado a visitar las tiendas de ultramarinos, en esto, como en todo, le respetaba.
Fueron muchos los diálogos sobre temas divinos (de Teología, del Vaticano y del cardenal colombiano Calderón Hoyos) y humanos tenidos con don Luis estos años, siempre muy preocupado porque las actividades de su Fundación “castropolina” (RIA DEL EO) expresión de su filantropía, revirtieran sobre la población de su amado Castropol. Y siempre sus inquietudes comenzaban con el reconocimiento a los Gómez-Morán, cuyas cualidades morales me reiteraba. La magnífica biblioteca de don Luis y su multitud de papeles y documentos es todo un reto y prometemos, a partir de ahora, estar atentos a las actividades de la Fundación, de la que tanto habló. ¡Adelante, Félix!
En una de las visitas, que giró en torno a cuestiones divinas, me regaló el libro del que fue sabio Jesuita, José Gómez Caffarena, titulado El Enigma y el Misterio. Esta misma madrugada, curiosamente, antes de conocer su muerte, leí lo siguiente del poeta Rimbaud: “Espero a Dios con glotonería”. Pensé comentárselo, pero ya no podré
¡Misterios poéticos de madrugadas insomnes!
Don Luis ha muerto.
Eso, por una parte, es normal, teniendo en cuenta lo mal hechos que estamos: de lindos nada, aunque muchos lo intenten. Y eso, por otra parte, es también Enigma, Enigma del ser humano, y Misterio, Misterio de la fe.
A callar y no escribir más, por si es verdad lo del sabio Sufí: “Cualquier cosa que se diga de Dios es un error”.
Quedémonos con el “paraíso o jardín”, que es invento de los persas.
                   
FOTOS CEDIDAS POR  ÁNGEL AZNÁREZ

domingo, 16 de abril de 2017

"DEJARSE MORIR", artículo cedido por ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO ("La Nueva España, 16/04/2017)


Don Quijote es el libro del tercer estado, es el mundo de los campesinos, de los mesoneros, de los pastores, de los arrieros, de los labradores y vagabundos. En él se siente olor a ajo y a sudor, olor a tierra y a trabajo; verdaderamente, no es un libro para señoras ni para estómagos delicados.
  Giovanni Papini, Retratos.


Eso de “dejarse morir”, o mejor,  “dejarse morir sin más ni más”, puede tener una pluralidad de significados.


Pudiera ser, en primer lugar, la versión mortuoria de un tipo de vida que fue lánguido, un dejarse vivir como sin ganas o con vagancia; indiferente a todo y todos,  y propio de un auténtico selecto o dandi como fue Byron, el poeta llamado el “Mefistófeles cojo”. Nada que ver ni con los negocios del comercio o de la industria ni con los de la banca, sin pantalones colorados de golfista ni rizos grises en la nuca de la cabeza calva como un presidente bancario de aldea, y nada de veraneos en Sotogrande (Cádiz), como los de notarios o registradores de la propiedad (esto último lo escribo con endivia (¿mejor, acaso, con envidia?), pues habiendo sido antes de aquéllos, soy ahora juez.    


Pudiera también, en segundo lugar, significar una resignación orgullosa y secreta ante el más estrepitoso  y seguro de los fracasos: la muerte. Esa es la actitud de quiénes, sabiéndose en la última enfermedad, no quieren que los vecinos y prójimos, contra los que tanto se pelearon, se enteren del inminente y definitivo adiós, con un pié ya en el nicho o sepulcro, aunque el cementerio se llame del Salvador y esté en un arenal o polvera. Orgullosos que no dejan de ordenar a los suyos que, a su fallecimiento y en el tanatorio con flores y músicas de arpías que no de arpas, la caja o contendor de madera pobre, sea herméticamente cerrada, para que no se vean los impresionantes dientes del difunto  –prótesis costosa y pagada a crédito en su día, obra de dentista con clínica en un bajo o almacén-: dentadura de vampiros y, ahora, en la muerte, dientes de vampiros, indestructibles.   


La tercera significación del “dejarse morir” pudiera ser la de aquéllos que, en su cordura extrema, locura o enfermedad, sólo piensan en la muerte deseada, aborreciendo este mundo, y con ese cariño tan sobrecogedor que es el de querer morirse, con o sin inquietudes inmortales o creencias de fábula o de reino eterno. Por tanto empeño, algunos/as hasta lo consiguen, con un instinto de conservación muy menguado o encogido por penas y dolores, casi todos o bastantes obra de imaginación.


En esta tercera categoría, o tercera vía, entran los/as del “muero porque no muero”, místicas y místicos, encajables  en lo de locura o de la enfermedad, los del Doktor Faustus, tan descreído y presente en las campanadas de hoy, día de la Pascua de Resurrección, pues, al oírlas, descartó el suicidio;  justamente lo contrario que a mí me ocurre al oír las campanadas locas de la loca campana de La Balesquida, mi vecina de enfrente, calle por medio, y con vista a la torre catedralicia manca, donde tanto rezan los canónigos y alguna vez el obispo cardoso.


¡Y dónde metemos  a los que creen en Dios para de esta manera, como señaló Rilke, poeta de Praga, matar subjetivamente y gratis a la misma muerte?    


He de escribir -antes de que los de siempre tartamudeen sandeces de sandios en sus “Cogersas” digitales (o comentarios en web, incluso en periódicos como éste)- que del párrafo último, el de la tercera significación, plantea cuestiones muy serías, dignas de mayor respeto y centrales antropológicamente, tal como  el suicidio, la depresión, la eutanasia y hasta la mística. De la depresión, que es un ensimismamiento, un girar sobre sí, siempre por exceso de discernimiento sobre si, como un derviche o jenízaro turco, y que sólo se cura pensando en los demás, sólo un poco, escribiremos alguna vez.  


Como otras veces y en otras cuestiones de mucho interés, fue en el libro de El Quijote de la Mancha donde tuvo lugar el descubrimiento: más en concreto, resultó en la lectura del esencial y escasamente leído Capítulo LXXIIII de la Segunda Parte (el último –que si pocos leyeron el libro, menos lo terminan con el último-).


En el lecho de muerte, Alonso Quijano, ya cuerdo (luego no don Quijote ya) dice a Sancho, presente en la habitación mortuoria y tres días antes de su muerte: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros antes en el mundo”.  


Y Sancho Panza le responde llorando: “¡Ay, Ay, Ay! No se muera vuestra merced,  señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más…”.


En ese dialogo de ficción, en las palabras de Alonso Quijano, a pocas líneas del final de la novela o de la gran mentira- la literatura en forma de prosa o verso es siempre una gran mentira- es como si el autor, don Miguel, tratase de des-construir su artificio de letras, cual castillo de naipes que se viene abajo: resulta que el Caballero cuando estaba loco tenía un escudero -relación desigual la de señor y la de criado-, y ahora que el Caballero está cuerdo, incorpora al criado como un amigo más –relación igualitaria la de los amigos-. El colmo no es eso sino lo otro: pide perdón el señor al criado por haberle hecho parecer también loco, quedando dañada su imagen y honor. Al principio del Capítulo II de la Segunda Parte, se escribe que el grandísimo loco (don Quijote) hizo a Sancho un mentecato.


Y en ese diálogo de ficción, en las palabras de Sancho Panza, considerado por la interpretación “traditoria” o traicionera como lo grosero, aldeano, cutre, zafio y materialista de la novela o mentira, dice, precisamente, lo más sutil, delicado e importante del libro: la mayor locura es dejarse o querer morir. ¡Menuda lección que da el “torpe” al “listo”!  


Pero, vamos a ver: ¿De qué murió Alonso Quijano, antes don Quijote?  La cosa es interesante.


Al principio del capítulo LXXIIII, se nos dice por palabra del médico, que “melancolías y desabrimientos le acababan”. El fracaso de Alonso Quijano no pudo ser más total: todo le salió mal y ante eso -es natural- querer  morirse, y tan extraviado por tanto fracaso que llegó a decir a gritos: ¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! Lo que faltaba…para rematar.


El estado de postración de Alonso Quijano, su dolor, pena y melancolía (o depresión) fue total.  No obstante, Sancho, desde su superioridad a la del hidalgo, loco y cuerdo, dice que no, que no, que la mayor locura es querer morir. Qué manera más elegante de llamar locos a los que quieren morirse –luego querer morirse no es de progresistas de izquierdas, sino de locos.  Acaso por ello, habiendo autorizado cientos de testamentos, en momentos previos al de la inevitable muerte, no afectadas sustancialmente las facultades intelectuales, a muy pocos, a escasos, vi desear la muerte. Y plantear la muerte en tales trances, sería como dijera Sancho, de mayor locura.      


Otra mentira gruesa, mórbida, surge en la novela del moro Cide Hamete Benengeli: lo de que la muerte próxima cura locuras. Esto se arrastra del concepto católico del pecado, del concepto de oveja descarriada y de una misericordia divina, que consiguen, por una cierta estética, en hacer creer que al malo, muy malo, terminará  bueno, muy bueno.  Justo es lo contrario lo que ocurre: quien fue loco en vida, más loco es la hora de morir: la próxima muerte jamás vuelve cuerdos a los locos. La hipótesis contraria es también una suposición de esos nuevos suministradores de fármacos en grandes cantidades, por eso nuevos farmacéuticos: los psiquiatras.


Giovani Papini, otro católico loco, loco por Cristo, estuvo muy de moda hace muchos años en la España en aquel tiempo católica; hoy es un total desconocido. Retrató a Cervantes y a don Quijote, aunque de ellos entendió poco –de lo aquí escrito, del diálogo entre Quijote y Sancho, nada, nada de nada-, como tantos, incluso peritos cervantistas.


Y a Papini, entre los mesoneros, arrieros y vagabundos con olor a ajo (cita inicial),  se le olvidó incluir a los grandes teólogos del momento, de ahora mismo, que son los mal llamados “teólogos de cocinas” o cocineros, muy en boga y que se suicidan a montones por estrés ante el figón. Tiempos paradójicos estos presentes, que, por un lado,  son de gastro-latría y, por otro, son de mucho cáncer por comer venenos y cosas peores, envueltas en atractivos paquetitos de colores.   


(Después de escrito y para los lectores de “Las mil caras de mi ciudad”, comunico que según noticias, después de haber dado con tanto hueso en las investigaciones, las próximas serán de mucho chorizo y carnes. Y luego sobre la levadura de los panes…).

(Fotos cedidas por autor)
  

martes, 31 de enero de 2017

LA CONFERENCIA DEL DÍA 16, DE ESTE MISMO MES DE FEBRERO, EN EL ATENEO JOVELLANOS. BAJO EL PUNTO DE VISTA DE SU PRESENTADOR D. ÁNGEL AZNÁREZ

Un San Francisco en el Campo de San Francisco (Oviedo)

¡La vida es vivir!
A las 19,30 horas, en la sede del Ateneo de Gijón, el P. Víctor Herrero de Miguel, perteneciente a la Orden de Frailes Menores Capuchinos y amigo mío, disertará sobre el siguiente tema: “De San Francisco de Asís al Papa Francisco”.
Un San Francisco de Asís, franciscano de sí mismo, que no queriendo poseer nada, ni pelos en la cabeza (por eso siempre rapado) ni calzas en los pies (por eso siempre descalzo), lo tuvo todo. Y un Papa Francisco, laberíntico discernidor por jesuita, que quiso llamarse como el primero de los otros, los franciscanos; no como uno de los primeros de los suyos, San Francisco Javier, jesuita de Navarra y de Asia. Eso gustó a los franciscanos y disgustó a los jesuitas.
Un San Antonio capuchino
Mas no lo compliquemos y quedémonos –que ya es bastante- con la poesía de la Laudato sí del “Cántico de las Criaturas” de San Francisco de Asís y con la prosa de la Laudato sí del Papa de la Pampa, su encíclica “ecológica”.
Fue al poco de nacer la noche, paseando entre lo gótico viejo y lo renacentista nuevo del claustro del Convento, de frailes con hábitos blancos y negros como los “golondrinos”, de San Esteban de Salamanca, el de los frailes de Santo Domingo, custodios del gordo pavo pintado en el Coro. En ese tiempo se empezó a oír la palabra poética, cegadora más que lúcida, del P. Víctor, de la O.M.F. (capuchino) y natural de Salamanca,  que recitaba el Himno al Hermano Sol de Francisco, el de Asís. Antes, mucho antes, Ya Akhenatón y su esposa, la divina Nefertiti, en la Tebaida faraónica y desértica, también miraron al Sol, al Disco Solar, y cantaron como si nada.
Y Víctor, especialista en letras latinas y del Libro de Dios, con ropa capuchina de color castaña, citó a poetas como él mismo: a San Francisco de Asís, a Rilke, a Borges, a un tal Sánchez Rosillo (murciano) y a Walt Whitman, el gran vate de América.
Víctor, partió en su plática de la que llamó la “Biblia Hebrea”, casi como hizo Lutero, que la Iglesia en el Año de Misericordia le pidió perdón. ¡Cuántos perdones y por asuntos tan graves al mismo tiempo! ¡Qué cosas Señor! Recordó el fraile al Creador y a las criaturas del Génesis en su principio, y ¡cómo no! citó a los hermanos Abel y Caín, padres nuestros ambos, y no sólo el bueno de Abel, también el malo de Caín, de la región de Nod, que se ha de leer “Not” (en Hebreo Bíblico, es sabido, las “deltas” se pronuncian como “tetas”).  
Un rótulo sin limpiar
Muchas y preciosas palabras fueron dichas por Víctor (no se sabía si era un discurso o un cántico como El Cantar de los Cantares), con elegancia de esteta y no ordinariez de perito. Sostenía la cabeza por medio un poderoso cuello, transito de carótida, y largo como el de los cisnes “golondrinos”. Movía con armonía las manos, de meñiques torcidos y no tiesos-horteras como tomando un cappuccino en taza blanca de regalo de boda.
Víctor, además de poeta, es sacerdote capuchino; o sea, que por esos dos títulos o doblemente, puede transmitirnos sueños mágicos, incluso adivinar si quisiera. Que la cripta en la que reposan los emperadores y emperatrices del Imperio Austro-húngaro esté custodiada por los capuchinos  en Viena, la ciudad de los pasteles y de los cappuccinos, tiene algo de aristocrático. No me extraña que los frailes capuchinos hayan llamado la atención a Lord Byron.  
Sabemos que Gijón siempre fue ciudad de jesuitas, en la que éstos hicieron grandes cosas –no dejan de repetirlo-. Los capuchinos también están aquí, pero no se les nota; no son notorios ¿por qué será? No lo sé.
Y resulta que un capuchino célebre vivió entre nosotros. Prometo que de él hablaré en la presentación de mi amigo el día 16 y le regalaré un libro; también hablaré de aquellos capuchinos barbudos que paseaban por la calle Uría de Gijón, camino del convento, lúgubre y oscuro como de fantasmas aburridos, de dos pisos pegado a la Iglesia y mirando al cine de barrio, que fue llamado en Gijón y en Paris de la misma manera: Campos Elíseos.
Nos veremos, pues, el jueves de la tercera semana de este mes, si Dios lo quiere, y escucharemos, con carácter excepcional, al nombrado fraile capuchino.
Quién esto escribe, promete la presentación y una sesión interesante.   
Paz y bien.
Fdo. Ángel Áznarez.   (fotos del autor)

jueves, 29 de diciembre de 2016

FILMOGRAFÍA (INCOMPLETA) DE GIL PARRONDO por José Luis Campal


La reciente desaparición, a los 95 años de edad, del director artístico de cine luarqués Gil Parrondo –oficialmente, Manuel Gil Parrondo y Rico-Villademoros (1921-2016)– nos encauza a una recapitulación de su dilatada trayectoria en el Séptimo Arte. Ofrezco, a renglón seguido, una primera aproximación a su extensa trayectoria. El propio “decorador”, como a sí mismo gustaba de definirse, reconoció haber participado en alrededor de 215 producciones y estaba en posesión de dos Oscar y cuatro premios Goya. En el siguiente repertorio (compuesto por 193 referencias) se recoge un grueso de las películas donde intervino.


1) Los cuatro robinsones (1939), de Eduardo G.ª Maroto
2) La Dolores (1940), de Florián Rey
3) La gitanilla (1940), de Fernando Delgado
4) Madrid de mis sueños (1942), de Max Neufeld y Gian M. Cominetti
5) Idilio en Mallorca (1943), de Max Neufeld
6) Los últimos de Filipinas (1945), de Antonio Román
7) Misión blanca (1946), de Juan de Orduña
8) Un drama nuevo (1946), de Juan de Orduña
9) El doncel de la reina (1946), de Eusebio F. Ardavín
10) El crimen de la calle de Bordadores (1946), de Edgar Neville
11) Serenata española (1947), de Juan de Orduña
12) Barrio (1947), de Ladislao Vajda
13) Nada (1947), de Edgar Neville
15) La nao capitana (1947), de Florián Rey
16) Fuenteovejuna (1947), de Antonio Román
17) Por el gran premio (1947), de Pierre Caron
18) El traje de luces (1947), de Edgar Neville
19) Doña María la Brava (1948), de Luis Marquina
20) Confidencia (1948), de Jerónimo Mihura
21) La cigarra (1948), de Florián Rey
22) Revelación (1948), de Antonio de Obregón
23) Mañana como hoy (1948), de Mariano Pombo
24) La otra sombra (1948), de Eduardo G.ª Maroto
25) La próxima vez que vivamos (1948), de Enrique Gómez
26) Locura de amor (1948), de Juan de Orduña
27) El huésped de las tinieblas (1948), de Antonio del Amo
28) El marqués de Salamanca (1948), de Edgar Neville
29) Filigrana (1949), de Luis Marquina
30) Noventa minutos (1949), de Antonio del Amo
31) Un hombre va por el camino (1949), de Manuel Mur Oti
32) Alas de juventud (1949), de Antonio del Amo
33) Yo no soy la Mata-Hari (1949), de Benito Perojo
34) Jalisco canta en Sevilla (1949), de Fernando de Fuentes
35) Vendaval (1950), de Juan de Orduña
36) El señor Esteve (1950), de Edgar Neville
37) El duende y el rey (1950), de Alejandro Perla
38) El último caballo (1950), de Edgar Neville
39) Agustina de Aragón (1950), de Juan de Orduña
40) La honradez de la cerradura (1950), de Luis Escobar
41) Pequeñeces (1950), de Juan de Orduña
42) Jack, el negro (1950), de Julien Duvivier y José A. Nieves Conde
43) Sangre en Castilla (1950), de Benito Perojo
44) Día tras día (1951), de Antonio del Amo
45) La leona de Castilla (1951), de Juan de Orduña
46) Alba de América (1951), de Juan de Orduña
47) Cuento de hadas (1951), de Edgar Neville
48) Hace cien años (1952), de Antonio de Obregón
49) Gloria Mairena (1952), de Luis Lucia
50) Lola, la piconera (1952), de Luis Lucia
51) Tres historias de amor (1953), de Hugo Fregonese
52) Así es Madrid (1953), de Luis Marquina
53) Jeromín (1953), de Luis Lucia
54) Morena Clara (1954), de Luis Lucia
55) Felices Pascuas (1954), de Juan A. Bardem
56) Un caballero andaluz (1954), de Luis Lucia
57) Amor sobre ruedas (1954), de Ramón Torrado
58) Viento del Norte (1954), de Antonio Momplet
59) Alta costura (1954), de Luis Marquina
60) Malvaloca (1954), de Ramón Torrado
61) Noches andaluzas (1954), de Maurice Cloche
62) Dos caminos (1954), de Arturo Ruiz-Castillo
63) Tirma (1954), de Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma
64) El caballero negro (1954), de Tay Garnett
65) La reina mora (1955), de Raúl Alfonso y Eusebio F. Ardavín
66) Mister Arkadin (1955), de Orson Welles
67) Los peces rojos (1955), de José A. Nieves Conde
68) El indiano (1955), de Fernando Soler
69) El guardián del paraíso (1955), de Arturo Ruiz-Castillo
70) La hermana alegría (1955), de Luis Lucia
71) Cancha vasca (1955), de Aselo Plaza y Alfredo Hurtado
72) Esa voz es una mina (1956), de Luis Lucia
73) Alejandro el Magno (1956), de Robert Rossen
74) Fedra (1956), de Manuel Mur Oti
75) Puerto África (1956), de Rudolph Maté
76) Zarak (1956), de Terence Young
77) El piyayo (1956), de Luis Lucia
78) ...Y eligió el infierno (1957), de César F. Ardavín
79) Un hombre en la red (1957), de Riccardo Freda y Jorge Grau
80) Llegaron siete muchachas (1957), de Domingo Viladomat
81) Orgullo y pasión (1957), de Stanley Kramer
82) Ojo por ojo (1957) de André Cayatte
83) La frontera del terror (1957), de Terence Young
84) La noche y el alba (1958), de José María Forqué
85) Sombras acusadoras (1958), de Michael Anderson
86) Pan, amor y Andalucía (1958), de Vittorio de Sica y Javier Setó
87) El hombre del paraguas blanco (1958), de Joaquín L. Romero Marchent
88) Simbad y la princesa (1958), de Nathan Juran
89) El capitán Jones (1959), de John Farrow
90) 15 bajo la lona (1959), de Agustín Navarro
91) Nacido para la música (1959), de Rafael J. Salvia
92) Don José, Pepe y Pepito (1959), de Clemente Pamplona
93) El precio de la sangre (1960), de Feliciano Catalán
94) Los viajes de Gulliver (1960), de Jack Sher
95) Espartaco (1960), de Stanley Kubrick
96) Scent of Mystery (1960), de Jack Cardiff
97) Vida sin risas (1960), de Rafael J. Salvia
98) Aventuras de Don Quijote (1960), de Eduardo G.ª Maroto
99) Un paso al frente (1960), de Ramón Torrado
100) Despedida de soltero (1961), de Eugenio Martín
101) El Cid (1961), de Anthony Mann
102) Honorables sinvergüenzas (1961), de José Luis Gamboa
103) Rey de reyes (1961), de Nicholas Ray
104) Mi noche de bodas (1961), de Tulio Demicheli
105) La estatua (1961), de José Luis Gamboa
106) La isla misteriosa (1961), de Cy Endfield
107) Sabían demasiado (1962), de Pedro Lazaga
108) Aprendiendo a morir (1962), de Pedro Lazaga
109) La fragata infernal (1962), de Peter Ustinov
110) Lawrence de Arabia (1962), de David Lean
111) Lulú (1962), de Javier Setó
112) Ensayo general para la muerte (1963), de Julio Coll
113) 55 días en Pekín (1963), de Nicholas Ray
114) La caída del Imperio Romano (1964), de Anthony Mann
115) El fabuloso mundo del circo (1964), de Henry Hathaway
116) Sinfonía española (1965), de Jaime Prades
117) El sonido de la muerte (1965), de José A. Nieves Conde
118) La verdad sobre Spring (1965), de Richard Thorpe
119) Doctor Zhivago (1965), de David Lean
120) El fantástico mundo del doctor Coppelius (1966), de Ted Kneeland
121) Pampa salvaje (1966), de Hugo Fregonese
122) Massacre Harbor (1968), de John Peyser
123) Duffy (1968), de Robert Parrish
124) Los 100 rifles (1969), de Tom Gries
125) La batalla de Inglaterra (1969), de Guy Hamilton
126) Hamelín (1969), de Luis M.ª Delgado
127) El valle de Gwangi (1969), de Jim O’Connolly
128) La gran esperanza blanca (1970), de Martin Ritt
129) El coleccionista de cadáveres (1970), de Santos Alcocer
130) Patton (1970), de Franklin J. Schaffner
131) Cuatro cabalgaron (1970), de John Peyser
132) Nicolás y Alejandra (1971), de Franklin J. Schaffner
133) Orgullo de estirpe (1971), de John Frankenheimer
134) Viajes con mi tía (1972), de George Cukor
135) Don Quijote cabalga de nuevo (1973), de Roberto Gavaldón
136) Papillon (1973), de Franklin J. Schaffner
137) La chica del Molino Rojo (1973), de Eugenio Martín
138) Los cazadores (1974), de Peter Collinson
139) Un hombre como los demás (1974), de Pedro Masó
140) ¿...Y el prójimo? (1974), de Ángel del Pozo
141) El viento y el león (1975), de John Milius
142) La casa grande (1975), de Paco Rodríguez
143) Las adolescentes (1975), de Pedro Masó
144) La espada negra (1976), de Francisco Rovira Beleta
145) La menor (1976), de Pedro Masó
146) Robin y Marian (1976), de Richard Lester
147) Cuando los maridos iban a la guerra (1976), de Ramón Fernández
148) Marchar o morir (1977), de Dick Richards
149) Los niños del Brasil (1978), de Franklin J. Schaffner
150) Cuba (1979), de Richard Lester
151) Puente aéreo (1981), de Pedro Masó
152) La esfinge (1981), de Franklin J. Schaffner
153) Las aventuras de Enrique y Ana (1981), de Ramón Fernández
154) Volver a empezar (1982), de José Luis Garci
155) Conan, el bárbaro (1982), de John Milius
156) Corazón de papel (1982), de Roberto Bodegas
157) Bearn o la sala de las muñecas (1983), de Jaime Chávarri
158) Las bicicletas son para el verano (1984), de Jaime Chávarri
159) Esos locos cuatreros (1985), de Hugh Wilson
160) Werther (1986), de Pilar Miró
161) Lionheart (1987), de Franklin J. Schaffner
162) La iguana (1988), de Monte Hellman
163) Hermano del espacio (1988), de Roy Garrett
164) El regreso de los mosqueteros (1989), de Richard Lester
165) Adiós al rey (1989), de John Milius
166) Cristóbal Colón: El descubrimiento (1992), de John Glen
167) El largo invierno (1992), de Jaime Camino
168) Canción de cuna (1994), de José Luis Garci
169) Marie de Nazareth (1995), de Jean Delannoy
170) Muerte en Granada (1996), de Marcos Zurinaga
171) Tu nombre envenena mis sueños (1996), de Pilar Miró
172) La herida luminosa (1997), de José Luis Garci
173) La vuelta de El Coyote (1998), de Mario Camus
174) El abuelo (1998), de José Luis Garci
175) La hora de los valientes (1998), de Antonio Mercero
176) La ciudad de los prodigios (1999), de Mario Camus
177) You’re the one (Una historia de entonces) (2000), de José Luis Garci
178) Divertimento (2000), de José García Hernández
179) El viejo que leía novelas de amor (2001), de Rolf de Heer
180) Dama de Porto Pim (2001), de Toni Salgot
181) Primer y último amor (2002), de Antonio Giménez Rico
182) Historia de un beso (2002), de José Luis Garci
183) Hotel Danubio (2003), de Antonio Giménez Rico
184) El puente de San Luis Rey (2004), de Mary McGukian
185) Tiovivo c. 1950 (2004), de José Luis Garci
186) Las llaves de la independencia (2005), de Carlos Gil
187) Ninette (2005), de José Luis Garci
188) Luz de domingo (2007), de José Luis Garci
189) El libro de las aguas (2008), de Antonio Giménez Rico
190) Sangre de mayo (2008), de José Luis Garci
191) Pájaros muertos (2008), de Guillermo y Jorge Sempere
192) Holmes & Watson: Madrid days (2012), de José Luis Garci
193) La piel fría (2016), de Xavier Gens